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Miscelánea de La Pedriza Baja: El Cáliz - Cancho de los Muertos - Puente Poyos - Majada de Quila

  • Modalidad: Senderismo
  • Recorrido: Circular
  • Dificultad técnica: Media
  • Dificultad física: Media
  • Distancia total estimada: 13 kilómetros
  • Altitud de partida: 1035 m. (Puente de las Ranas - 2º aparcamiento de Canto Cochino)
  • Altitud mínima: La del punto de partida
  • Altitud máxima: 1600 m. (Base de Puente Poyos)
  • Desnivel acumulado: +/- 650 metros
  • Tiempo: 4 horas y media
En esta ruta se visitan cuatro lugares destacados del corazón de La Pedriza: El Cáliz, el Cancho de los Muertos, Puente Poyos y la Majada de Quila; enlazándolos en un solo recorrido. En algunas publicaciones o sitios web se tratan como itinerarios diferentes, pero son fácilmente agrupables en un trayecto no demasiado largo.

Partimos de los aparcamientos de Canto Cochino, en concreto del situado junto al Puente de las Ranas. Conviene recordar que el número de vehículos que pueden acceder a este lugar está limitado por un cupo, por lo que hay que ser madrugadores o ir en día laborable. Se cruza el puente y, siguiendo de frente, se sube a buscar la senda PR-M1, señalizada con marcas amarillas y blancas, que hemos de seguir hacia la izquierda, en dirección ascendente. Cuando llevamos aproximadamente un kilómetro de camino, la senda llanea e incluso inicia un breve tramo de ligera bajada. Sin seguir adelante, veremos que nos acercamos a una zona de peñascos. Aquí hay que abandonar el camino y tomar, a nuestra derecha, un sendero que asciende por la ladera, rodeando con holgura el área peñascosa. Este sendero ha caído en desuso y su trazado se pierde entre un maremágnum de jaras pringosas, por lo que hay que prestar atención para no extraviarse. En menos de un kilómetro desemboca junto a la base de El Cáliz.

El Cáliz
Con sus 1278 metros de altitud, resultaría insignificante entre el catálogo de riscos pedriceros, pero la curiosa forma con que ha sido modelado por los agentes erosivos, le ha proporcionado amplia fama en el lugar. Apenas se levanta un decámetro desde la base, a media altura su diámetro es de poco más de un metro, y en la cúspide casi cuadruplica esa medida. Al contrario de lo que ocurre con otros peñascos de la zona, no hace falta estimular la imaginación para comprender el porqué de su nombre.

Aunque su equilibrio es delicado, no se ha salvado del ataque de los "ferreteros" que, al igual que hacen con todas las peñas que pillan por delante, la han taladrado y cosido a pernos, amenazando su futura estabilidad. ¿De verdad era imprescindible encaramarse a esta miniatura? Coincido plenamente con tantos montañeros ilustres que han criticado el modo en que este deporte de naturaleza ha degenerado hasta llegar a esos extremos de artificialidad.

El Cáliz es, en realidad, el extremo occidental del conjunto granítico del Cancho de los Muertos, nuestro siguiente objetivo. Vamos ahora, pues, hacia el este, atravesando un espacio abrupto, conocido como "Zona Sioux", teniendo cuidado de no perder el sendero.

Peña Horcajo, uno de los riscos del Cancho de los Muertos.
Adentrarse en las entrañas del Cancho de los Muertos es toda una aventura. Recorriendo su laberinto de pasadizos, grietas, canales y covachas, la imaginación se dispara y vienen a la memoria las historias y leyendas protagonizadas por bandoleros que usaban este lugar, entre otros de La Pedriza, como guarida. La más conocida es, sin duda, una cuyo escenario fue este mismo. Hay quien la atribuye a la banda de Paco el Sastre* y quien sostiene que se trataba de otra pandilla. Los hechos habrían acaecido a mediados del siglo XIX. Tras secuestrar a una joven perteneciente a una opulenta familia madrileña, vinieron a esconderse a este sitio, donde tenían su cuartel general. Un día, mientras el jefe se ausentó junto con el grueso de la banda, dos de los malhechores, que habían quedado de guardia, entablaron una disputa por ver quién abusaba sexualmente de la moza. Uno de ellos mató al otro en la refriega. Al regresar el cabecilla y enterarse de lo sucedido, decidió castigar ejemplarmente al homicida. Le mandó arrojar el cadáver de su víctima desde uno de los riscos y, posteriormente, dispuso su ejecución despeñándolo desde el mismo lugar. En el instante del ajusticiamiento, el condenado, a punto de precipitarse en el abismo, tuvo el reflejo de aferrarse a una pierna de su líder, con lo que ambos acabaron muertos junto a su compañero. El resto de rufianes, estupefactos ante tales acontecimientos, se dispersaron y abandonaron a la joven, quien deambuló por la zona durante cierto tiempo hasta ser encontrada por un pastor**.

* El final de la historia descarta que se tratase de Paco el Sastre, ya que este no murió en tales circunstancias, sino que fue ejecutado en el verano de 1839.
** Lo que ocurrió después se recuerda en la ruta dedicada a la Sierra de los Porrones (clic aquí).

Roquedal del Cancho de los Muertos
El conjunto granítico tiene tres cimas que destacan formando un triángulo: El Dante, Peña Horcajo y el propio Cancho de los Muertos, todas ellas rondando una altitud de 1350 metros. Esta última, la cumbre principal, si se acierta con los pasadizos y las grietas, se puede ascender prácticamente hasta coronarla. Los últimos metros, previos a la meseta cimera, aunque son factibles, suponen un riesgo extremo que no debe ser afrontado sin asegurarse por medios artificiales. Es habitual, sobre todo en fines de semana, ver escaladores colgando de cuerdas tendidas a lo largo de estas paredes.

Una ventana abierta en las paredes del Cancho de los Muertos nos permite asomarnos a ver El Dante.
Buscamos ahora un sendero que, dirigiéndose hacia el norte, nos saca de este laberinto y baja al cercano Collado del Cabrón, a 1304 metros de altitud.

En este collado hay una encrucijada de cinco sendas. Tenemos que continuar por la que se dirige hacia el noreste. Tal y como llegamos, no se trata, ni de la que baja a nuestra izquierda, ni de la que baja a nuestra derecha, ni de la que sigue de frente, que es el PR-M1 que tomamos al inicio de la ruta, reconocible por sus marcas. La que hay que tomar ahora se sitúa entre esta última y la que baja hacia el este.

Comenzamos una bonita ascensión a través del pinar. A menos de un kilómetro, si nos asomamos a la ladera desde algún recodo, veremos a nuestros pies el risco de El Elefante y, aún más lejos y al otro lado del valle, el Refugio Giner de los Ríos. A medida que ganamos altitud, mejoran las vistas de la Pedriza Anterior, la Posterior, y del valle formado por el Arroyo de la Dehesilla, que separa ambas y en cuyo lecho se asienta el berrueco de El Tolmo. Desde esta distancia llama la atención el círculo que rodea su base, trazado por millares de botas a lo largo de los años.

Algo después de que el camino gire hacia el norte, aproximadamente en la cota de 1400 metros de altitud, hemos de ignorar un sendero que parte a nuestra izquierda para dirigirse al Collado de la Romera. Es probable que ni siquiera nos fijemos en él. Poco más arriba, llegaremos a una bifurcación, en la que hay que continuar ascendiendo por la senda de la izquierda, que se dirige ahora hacia el oeste.

Tras un nuevo giro hacia el norte, llegaremos a otra disyuntiva. De nuevo ignoramos el sendero que parte a la izquierda y seguimos de frente por el que baja ligeramente. Pocos metros más adelante hay otra bifurcación. Tomamos, ahora sí, la senda de nuestra izquierda, la cual se va endureciendo progresivamente hasta que, tras superar una corta, dura y zigzagueante subida, nos deja bajo el monumento natural de Puente Poyos.

Puente Poyos
Este capricho geológico resulta asombroso. El equilibrio de fuerzas que sustenta este colosal bloque siamés de 40 metros de longitud, a más de una docena de metros de altura sobre la base, se antoja al margen de las leyes naturales.

El desafío a la gravedad amenaza colapso en breve espacio de tiempo. Claro que, cuando se habla en términos de una escala temporal geológica, "un par de días" viene a ser lo mismo que "un par de milenios". No obstante, si, aprovechando el silencio del lugar, uno escucha los lamentos y quejidos de la roca con atención, y sabe interpretar su lenguaje tal y como hacen con sapiencia los mineros experimentados, se podría aventurar que "breve" puede ser literalmente breve. ¡Hagan sus apuestas!

Por cierto que, esta magnífica joya, tampoco ha podido salvarse de los taladros...

Un vistazo a La Pedriza Anterior a través del ojo del Puente Poyos
Retornamos a la última bifurcación y continuamos adelante por el sendero por el que llegamos hasta ella. Tras un corto trecho de bajada veremos otro ramal a nuestra izquierda. Lo seguimos durante unos centenares de metros para llegar al último de los objetivos de la jornada: la Majada de Quila.

Esta se encuentra situada a los pies de una pared rocosa aparentemente infranqueable. Los derruidos muros de piedra que se pueden observar en la parte bajera del final de la senda, construidos a partir de unos peñascos en cuyas oquedades se podrían guarecer personas y bestias, nos recuerdan la actividad de pastoreo que, en otros tiempos, se desarrolló en estas laderas.

Refugio en la Majada de Quila
Los cabreros eran, junto con los bandoleros, los únicos seres humanos que, hasta bien entrado el siglo XX, recorrían estos parajes tan inhóspitos. Son muchas las historias que circulan sobre cómo los pastores ayudaban, durante los truculentos años de la Guerra Civil, a muchas personas, bien por humanidad, bien a cambio de dinero, a cruzar estas intrincadas montañas para pasar furtivamente de la zona controlada por un bando a la del otro.

La covacha que se ve en la fotografía anterior ha dado cobijo en tiempos pasados a cabreros y en tiempos más recientes a montañeros. Sus ahumadas paredes y el parapeto que la antecede habrán sido testigos de innumerables aventuras.

Pared rocosa de la Majada de Quila
En la imagen anterior se aprecia, unos metros por encima del refugio, un corte anguloso en la pared. El gran fragmento rocoso que ocupaba ese lugar, se encuentra depositado a los pies del muro, y aún (2014) conserva clavado el perno de escalada, como evidencia de lo que causó el desprendimiento.

Retornamos al sendero principal y lo seguimos, ya en franco descenso a través del pinar de Los Llanillos, hasta alcanzar la frecuentada encrucijada de Los Cuatro Caminos, donde se juntan el nuestro; el que, de frente, parte hacia el Collado de la Ventana o el Callejón de las Abejas (se bifurca más adelante); y el PR-M2, que los cruza perpendicularmente y que une Canto Cochino con el Collado del Miradero, atravesando el conjunto montañoso de sur a norte, y que popularmente se conoce en su parte baja como Autopista de La Pedriza.

Solo queda tomar esta senda y descender directamente por ella hasta Canto Cochino. Desde muchos recodos se tienen excelentes vistas de los alrededores.

Riscos de Los Pinganillos desde la PR-M2. De izquierda a derecha: Cancho Buitrón, Pequeño y Gran Molondrio, Torre de las Arañas Negras, Los Guerreros, La Muela y El Pájaro. A la derecha del todo, más abajo, el Platillo Volante.
La primera parte de este descenso es la que cuenta con pendientes más pronunciadas. A medio camino, más o menos, se llega al Llano del Peluca. Al otro lado del arroyo está el Refugio Giner de los Ríos y la fuente de Pedro Acuña.

Ya abajo, cerca de los barracones de Canto Cochino, habrá que caminar un breve trecho aguas arriba del Manzanares para retornar al Puente de las Ranas, donde iniciamos la ruta.

Esta es la gráfica con el perfil del recorrido:


Y este es un recorte de cartografía de la zona: