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El Hueso (Peñalarco) y El Laberinto

NOTA: Este artículo pertenece a la sección <<¡Tu turno!>>. Para ver rutas explicadas con detalle debes dirigirte al Índice de rutas (página principal).

El Hueso, antiguamente llamado Peñalarco, es, quizás, la mayor maravilla de La Pedriza; mientras que El Laberinto es su quintaesencia.

Para llegar a ambos lugares, la aproximación es la misma, por lo que se pueden agrupar fácilmente en una sola ruta. Hay que cruzar el arroyo de La Dehesilla en las proximidades de El Tolmo y caminar por senderos poco transitados que se adentran en la ladera.

El Hueso - Peñalarco
Una imagen vale más que mil palabras, pero, en este caso, ni se puede abarcar en una imagen la totalidad de este portento, ni resulta fácil describir con palabras sus atributos. Visto desde lejos, tiene, ciertamente, la forma de un hueso pétreo gigante adosado a la pared. Bien podría ser una tibia con marcas de dos fracturas en su diáfisis.

Pero, desde la distancia, es imposible apreciar la verdadera naturaleza del prodigio, pues aparenta estar pegado al muro principal. Hay que aproximarse para ver que, en realidad, se halla separado del mismo y que tan solo se apoya en sus extremos, formando una especie de delicado arbotante de arquitectura gótica.

El Hueso - Peñalarco
Cuando uno se sitúa bajo el voladizo, se comprende el porqué de su nombre original: Peñalarco, la peña del arco. Su estructura es tan peculiar que, al cambiar de perspectiva, parece que también varía su relación con la vertical.

Su frágil equilibrio, su desafío a la ley de la gravedad, al igual que comentábamos respecto al vecino Puente Poyos (para recordarlo, hacer clic aquí), amenaza colapso en cualquier momento. Queda el consuelo de que "cualquier momento", en una escala temporal geológica, bien puede ser dentro de unos miles de años. No solo está amenazado por la acción erosiva de los agentes naturales, sino también por la presión humana. Es una lástima ver cómo está taladrado en toda su extensión y cosido a anclajes para la práctica de la escalada artificial.

El Hueso - Peñalarco
En cuanto a sus dimensiones, cuenta con 60 metros de longitud, desde la base hasta la cabeza, y un diámetro que no alcanza los 3 metros en su parte más estrecha; aunque todo esto es una simple estimación que puede ser errónea.

Poco más abajo, en una bifurcación, se toma el sendero que, junto a Las Buitreras, asciende hasta Cancho Amarillo, al lado del cual se encuentra la entrada de El Laberinto.

La belleza de este lugar va más allá de cuestiones de forma y configuración. Si toda La Pedriza es un mundo singular gobernado por el caos rocoso, aquí se halla su núcleo fundamental. La naturaleza de este laberinto es anárquica, fría y desafiante. Resulta imposible no conmoverse en la absoluta soledad -aquí no llega prácticamente nadie- de este espacio estremecedor.

Entrada de El Laberinto, al lado de Cancho Amarillo.
A falta de un hilo de Ariadna, lo más aconsejable, si uno se adentra por primera vez en este sitio, es ir acompañado por alguien que ya conozca sus misterios. Si ello no es posible, se debe programar la excursión con un amplio margen horario, ya que, si falla la intuición o la suerte es esquiva, encontrar la salida puede demorarse varias horas, aún para tipos intrépidos como Teseo.

Jamás debe uno aventurarse en su interior si hay nieve acumulada, pues, en tal caso, el riesgo de caída en oquedades es extremo.

El Capuchino
Las tenues marcas de senderos se difuminan entre los cúmulos de rocas y apenas hay hitos que sirvan de guía. Una primera referencia para orientarse es El Capuchino, inconfundible fraile, que se avista poco después del inicio, al que hay que dirigirse. Una vez sobrepasado, comienza lo más complicado.

Una recomendación importante: en varias ocasiones, los pasos bajo rocas, aunque angostos, son más prácticos, seguros y viables que los pasos sobre las mismas.

La Loncha
Una segunda referencia es el risco de La Loncha, también de silueta inconfundible, como se observa en la imagen anterior. Hay que buscarse la vida para dirigirse a él y dejarlo atrás para llegar a la salida, cerca de la senda PR-M1, en las proximidades de El Torro.

Si se decide hacer noche en este paraje, hay varios vivacs, uno de ellos en muy buenas condiciones, situado nada más pasar el Jardín del Centinela, una pequeña pradera después de El Capuchino.

Vivac de El Laberinto
Y si se toma la decisión de renunciar pero, aún así, se pretende llegar a la zona de salida, existen otras opciones, sin que sea necesario recurrir a soluciones tan arriesgadas y vertiginosas como la empleada por Dédalo e Ícaro.

Una de ellas es rodear el Cancho Amarillo y continuar la ascensión junto al cauce (seco en verano) del arroyo que desciende de la Pradera de Navajuelos. Este sendero, que es la continuación del que nos ha traído hasta la entrada, está bien señalizado con hitos.

Otra consiste en subir decididamente, desde las inmediaciones del vivac, hasta salir, bastante arriba, a través de un "portal" que recuerda vagamente al de la entrada, en la zona cercana a Cuatro Cestos.

Una posibilidad más es tomar una canal, cerca de El Capuchino, en la pared opuesta, que tiene salida inmediata hacia el sendero de Navajuelos. Hay, además, otras posibles escapatorias, aunque más complicadas.

Una falsa salida de El Laberinto
Si se realiza el regreso por la PR-M1, descendiendo al Collado de la Dehesilla, se puede dejar la visita a El Hueso para la vuelta.

Esta excursión es, realmente, extraordinaria. Hay parajes que uno visita y se asombra de su belleza, pero aquí, además, esa belleza turbadora del caos, el silencio y la soledad, penetra en el alma y deja huella. Quien vaya, comprenderá el motivo de este inusitado lirismo. Este lugar es de esos que no se visitan una sola vez.

INDICACIONES PARA EL LABERINTO

Copio aquí la respuesta a una consulta recibida a través del formulario. Se trata de unos excursionistas que no hallaron la salida y tuvieron que volver sobre sus pasos.

En primer lugar, decir que, si la cosa se complica, la decisión de deshacer el camino andado es la más acertada. El Laberinto seguirá ahí la próxima vez que se quiera intentar.

Dar explicaciones detalladas es complicado, ya que se trata de un caos de rocas. Además, hay tramos que se pueden superar de diferentes formas, por lo que las explicaciones dadas por distintas personas pueden parecer contradictorias. No hay, pues, una única solución.

A grandes rasgos, el itinerario más directo -o, al menos, el que yo conozco- se resume así:

1- Después de entrar, atravesando el "portal" situado junto a Cancho Amarillo, se asciende un breve trecho y se avista el Capuchino. Ir hacia él.

2- Nada más sobrepasar el Capuchino, se avista La Loncha -que es la referencia a la que hay que dirigirse- y se alcanza una pequeña y bonita pradera. Es el llamado Jardín del Centinela. Se pasa bajo una roca, más bien hacia la izquierda, y se llega junto al vivac bien acondicionado.

3- Se sube un poco, se avanza y se llega a un estrechamiento. Hay que buscar un corto paso bajo roca en la parte inferior. Poco más abajo hay otro paso bajo roca. Al otro lado de este último, a la derecha, se encuentra un nuevo vicac; y a la izquierda, una roca más grande que se va rodeando hasta ver una entrada bajo la misma.

4- Por ella se accede a una gran oquedad. Hay varias chimeneas que permiten la entrada de luz solar, aunque en días nublados es aconsejable llevar linterna. A través de esa caverna, siguiendo una trayectoria curva hacia la izquierda, hay que encontrar una salida avanzada que nos dejará, tras una breve ascensión, por encima de La Loncha.

5- Sin bajar hacia La Loncha, hay que dejarla atrás por su parte superior, al pie de la pared de nuestra izquierda.

6- Poco más adelante, el propio terreno nos fuerza a bajar unos pocos metros y ya encontramos la canal por la que, en ligero ascenso y superando algún paso bajo rocas, se alcanza la salida junto a la senda PR-M1, en las proximidades de El Torro.



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