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El Corral Ciego

NOTA: Este artículo pertenece a la sección <<¡Tu turno!>>. Para ver rutas explicadas con detalle debes dirigirte al Índice de rutas (página principal).

El Corral Ciego es una de esas pequeñas maravillas naturales que regala La Pedriza a los hedonistas del senderismo. No importa tanto cómo llegar, sino el modo de disfrutar una vez alcanzado.

Tiene tres posibles entradas. La más natural es el Callejón Ciego, que se toma desde el collado de la Vistilla, en ligero descenso por detrás del robusto risco de La Maza. También se puede acceder por un callejón que discurre en paralelo, inmediatamente al Sureste del anterior, y que desciende desde las proximidades de la cara noroeste de El Yelmo, junto a la Hoz Cimera. Y, por último, a través de un angosto paso entre las peñas de El Hombre Sentado y la Bola de San Antonio, al que se llega superando la, no menos angosta, Portilla del Predicador, si se ha subido por la Umbría de Calderón; o remontando una corta y empinada vaguada antes de llegar a los pies del Pan de Kilo, si se ha venido por el Hueco de las Hoces.

Corral Ciego. En el centro, al fondo, se observa la angosta brecha de salida entre la Bola de San Antonio y El Hombre Sentado.
Hasta los albores del S. XX solo era conocido por los pastores pedriceros, quienes lo llamaban La Placilla y lo utilizaban para proteger a sus rebaños del ataque de los lobos, pues, al estar amurallado por todas partes y con accesos estrechos, era fácilmente defendible frente a los depredadores. El lugar fue rebautizado por los pioneros de la sociedad Peñalara, quienes creyeron ver en él alguna semejanza con el entorno del pirenaico Corral Ciego o Casco del Marboré.

El Callejón Ciego, imposible de ver antes de llegar a él, ya que, desde la distancia, los muros de ambos flancos se intuyen como un único conjunto rocoso.
Para realizar correctamente esta ruta, el excursionista habrá de encaramarse al extremo de la muralla que separa los dos callejones paralelos. Allí encontrará un lugar apropiado para sentarse con la espalda cómodamente apoyada en la pared. Entonces, dará cuenta de un buen bocadillo de pan con tomate y jamón ibérico mientras se relaja con la música acuática del próximo manantial -eso sí, ha de ser primavera u otoño, después de las primeras lluvias, porque en verano se seca y en pleno invierno se congela-, y se maravilla con los fantásticos juegos de luces cegadoras y sombras espectrales que se dibujan en las peñas circundantes, y cuyas tonalidades van cambiando de grises a anaranjados, pasando por amarillos y rosáceos, a medida que el Sol se desplaza en el cielo. Desde esa posición también se podrá observar a las cabras monteses que entrarán en el corral sin advertir nuestra presencia.

Si uno sale a través de la angostura abierta entre la Bola de San Antonio y el Hombre Sentado, le recomiendo que, antes de iniciar el descenso más pronunciado, busque en los recovecos abiertos entre las rocas porque, con poco esfuerzo, hallará otra pequeña joya...

Laguna Lealba
Se trata de la laguna Lealba; más que laguna, una pequeña y preciosa poza, colgada entre altas rocas y prácticamente inaccesible. Tiene carácter estacional, formándose por el deshielo de la nieve acumulada durante el invierno o por la captación en época de lluvias, y desapareciendo completamente en verano. Cuando rebosa su capacidad, desagua a través de una reducida hendidura y el agua se precipita por una pared próxima a la Portilla del Predicador.

En definitiva: una ruta para el deleite de los sentidos. Mejor hacerla en primavera u otoño. Si se realiza en verano, aunque no es tan bonita, el sitio es idóneo para pasar la noche al raso, disfrutando de un espectacular atardecer, y aprovechar para, al día siguiente, ascender a El Yelmo o darse un garbeo por la Pedriza Anterior visitando sus curiosas formaciones rocosas.



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